Foro Gastromujeres 2019

Por Pamela Villagra

Un 23 de octubre de 2017 Leonor Espinosa, chef y propietaria del restaurante Leo en Bogotá, recibió el reconocimiento a la mejor chef mujer de Latinoamérica. Aquel día, Espinosa pidió que se pusieran de pie todas las cocineras que se encontraban en el auditorio. Entre más de 600 personas fueron una abrumadora minoría.  Algo debía cambiar.

Han pasado cinco años y las cosas no son muy diferentes. La brecha de género es una realidad que toca todos los campos del desarrollo humano, y la gastronomía no es la excepción. Los congresos siguen teniendo un mínimo porcentaje de representantes mujeres y es común encontrar minoría de docentes femeninas en las nóminas de las escuelas de cocina, en la sumillería, en el servicio y en las plantillas de cocina de los restaurantes. Algo raro pasa ahí, si nuestros recuerdos gustativos más emotivos provienen de madres y abuelas, que no de padres ni abuelos.

En materia de conciliación familiar o laboral la realidad no es más alentadora. Según el informe ‘La igualdad de género en la Agenda 2030 para el desarrollo sostenible’ elaborado por ONU Mujeres a nivel mundial, la carga de trabajo doméstico y de cuidados no remunerado que realizan las mujeres es 2,6 veces mayor que la que asumen los hombres. Y encima, las mujeres que trabajan en el sector horeca (hoteles, restaurantes, catering), cobran hasta un 30% menos que los varones.

La desigualdad que experimentan las mujeres es un caso especial entre todas las discriminaciones sociales. No hablamos de minorias específicas, raciales, religiosas o étnicas, sino que de inequidades culturales, económicas y políticas que afectan a un segmento de personas que representan el 50% de la humanidad.

La gastronomía está al debe en cuanto a inclusión. No se visibilizan proyectos, emprendimientos, cocineras, bartenders, camareras o productoras de la misma manera que se hace con sus pares varones. Seguimos hablando de género y no de talento.

Es urgente dar valor al rol determinante que ocupan las mujeres en el campo de la alimentación, contando historias inspiradoras sobre ellas, que incentiven a las futuras generaciones.

En Latinoamérica hay una supremacía femenina estimulante. Me emociona. Desde Oaxaca en México hasta la Araucanía chilena, son mayoritariamente las mujeres las responsables de transmitir identidad y tradición, de liderar procesos asociativos, de proponer desde la culinaria, nuevos horizontes para sus comunidades.

Mucho antes que Ferràn Adria cambiara los paradigmas de la gastronomía, poniéndola en el mapa como disciplina determinante en la transformación económica y social de los países, han sido las mujeres, campesinas, indígenas y portadoras de tradición, las que han empleado la culinaria como forma de subsistencia y resistencia, como herramienta transformadora, como instrumento educativo y como arma para la perpetuación de la cultura y la identidad.

¿Cuántas niñas y niños de Latinoamérica han llegado a la universidad gracias a un bollo, tamal o humita cocinado y vendido por sus madres?

¿Cuántos pueblos patrimonio han podido ser reconocidos como tal, gracias a esos recetarios femeninos que han marcado la memoria histórica del lugar?

¿Cuánto han influido las mujeres en construir y preservar la identidad de sus territorios, lugares que hoy constituyen grandiosos epicentros de interés turístico cultural y gastronómico en Latinoamérica?

Como periodista gastronómica he conocido el trabajo de decenas de guisanderas, cocineras, campesinas, indígenas, productoras, portadoras de tradición. En cada mesa compartida, en cada conversación, he confirmado que no hay nada más revelador que una cocinera tradicional contando historias y guisando en el fogón. Ellas son, en cualquier latitud, fuente de saberes y sabores determinantes en las vidas de sus comunidades, y su trabajo -muchas veces invisible- es fundamental para favorecer la seguridad y soberanía alimentaria en buena parte del planeta.

El mundo gastronómico necesita reflexionar sobre la igualdad de género en un sector en el que la brecha parece cada vez más amplia. Es importante discutir y hablar en el espacio público, en privado y al interior de las familias y escuelas sobre conciliación familar, sobre empoderamiento, sobre cómo las mujeres inciden en los procesos de cambio de sus comunidades.

Debemos visibilizar el trabajo de tantas mujeres ligadas a la alimentación y buscar caminos que nos permitan derribar las barreras con las cuales a menudo nos encontramos en lo profesional.  Es fundamental constuir un sector más inclusivo, que haga autocrítica en términos de contratación femenina y que planifique acciones que promuevan el cambio. Estoy convencida de que es la única via posible para lograr sociedades más humanas, saludables y sostenibles.

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